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EL ENVILECIMIENTO DE LA POLÍTICA, LOS INTERESES EN JUEGO Y EL CINISMO DE LOS CÓMPLICES

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EL ENVILECIMIENTO DE LA POLÍTICA, LOS INTERESES EN JUEGO Y EL CINISMO DE LOS CÓMPLICES

En nuestro país, al igual que en muchos otros en los cuales no se ha puesto en evidencia la gravedad del problema, la corrupción se ha convertido en el eje central de la política y la motivación central de todos los que incursionan en la misma, hacen y esperan seguir haciendo arreglos con los que dirigen el gobierno. Todos saben que los corruptos se enriquecen -y enriquecen a sus familiares y amigos-a costa del dinero de nuestros impuestos, succionando el presupuesto que podría estar destinado a mejorar las condiciones de vida de miles y miles de personas que miran con angustia sus escasas posibilidades de sobrevivencia en una sociedad que los margina y los condena.

Si en nuestro país siempre ha habido niveles de corrupción “aceptables”, en los últimos ocho años el fenómeno creció de tal manera que sobrepasó la “normalidad” y adquirió dimensión de gravedad y de involucramiento de más sectores que vieron en la corrupción, asociada al manejo de los recursos públicos, la forma de resolver sus problemas sin seguir procedimientos, sin solicitar aprobación de otras instancias y sin ser señalados por el aumento acelerado de sus fortunas. Da la casualidad que esta etapa de expansión, profundización y perfeccionamiento de la corrupción coincide con los ocho años que el actual presidente/candidato ha estado en y/o controlado el poder: Cuatro años como presidente del poder Legislativo (2010-2014) y cuatro años como presidente del poder Ejecutivo (2014-2018), con pretensiones de continuar un mínimo de cuatro años más (2018-2022) al lanzar nuevamente su candidatura, violando la prohibición expresa de la Constitución de la República en torno a la reelección de un presidente.

Un fenómeno como este no se expande de esa manera sin que se consolide una red de cómplices, de socios beneficiados y de instituciones clave que se fueron alineando con la corrupción y convirtiéndose en el sustento político, institucional, empresarial, cultural y social de quien les favorecía. Así, se mantuvo y se perfeccionó la adjudicación de grandes contratos a los dueños de medios de comunicación y los pagos millonarios por publicidad, entendida esta como pagos para defender al gobierno y pagos para atacar a los críticos, produciendo un alineamiento de los medios tarifados con mensajes y consignas similares, a veces idénticas; se creó un instrumento adecuado para tener grandes recursos disponibles para comprar voluntades y se inventaron la tasa de seguridad que produce miles de millones anuales y, a la vez, la ley de secretos para asegurar que nadie se entere del destino de esos recursos; se renovó buena parte del equipo y armamento de las fuerzas armadas y de la policía militar y, de paso, se crearon los bonos especiales a los altos jefes militares y policiales para asegurar su incondicionalidad; se mantuvo y se aumentó sustancialmente la cantidad pagada a los diputados para seguir línea del Ejecutivo al momento de elegir en el Congreso a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, Fiscal General y Fiscal Adjunto, magistrados del Tribunal Superior de Cuentas y del Tribunal Supremo Electoral, Comisionado Nacional de los Derechos Humanos y otros; se restituyó el apoyo gubernamental a determinados sectores de la empresa privada para ayudarles en sus actividades; se incrementaron las “ayudas” a la cúpula de la iglesia católica y se expandieron las mismas a la cúpula de las iglesias evangélicas, a pesar de la condición laica del Estado hondureño.

Este envilecimiento de la actividad pública se evidencia de forma cruda en los procesos electorales e incluye a la gente más pobre que con 50 lempiras llena las plazas y vitorea al lider, hasta aquellos que por un poco más venden su voto contra comprobante de haber cumplido; y también a los empleados públicos que firman listas en el sitio de la movilización para que no les quiten sus trabajos; los que se suben a los buses para obtener una gorra, una camiseta o una “burra”; los que ponen en subasta las credenciales de representantes en las mesas electorales; los que reciben beneficios especiales para desmontar huelgas o paros (como las de los policías ante la movilización social antifraude) y aquellos que reciben sustanciales sumas para “arreglar” programas, hacer que “se caiga” el sistema y aparezcan modificados los resultados, y asegurar la sustitución de los votos y de las actas para que, contra toda tendencia estadística, se acorte y se amplíe la diferencia de votos que favorece al candidato a la reelección. En fín, un envilecimiento total de la práctica política y una vergonzosa manipulación de la condición humana.

Con esos antecedentes, no es casual ver el desfile de corruptos y beneficiados de la corrupción alineados con la reelección anticonstitucional y el acomodamiento discursivo con el triunfo arreglado de su socio y beneficiario, demandando el respeto a la decisión del Tribunal Supremo Electoral y el pronto reconocimiento del ganador para “restaurar” la paz social. Y ahí los vemos desfilar a todos, sin un asomo de vergüenza, sin pudor alguno y con un gran cinismo porque saben que su benefactor perdió las elecciones y saben también que se ha orquestado un gigantesco fraude para asegurar el triunfo en todos los niveles: el desfile está conformado por la prensa tarifada; los dueños de medios comprometidos por sus contratos con el gobierno; los empresarios beneficiados por la corrupción y aquellos intimidados por la amenaza de investigar sus operaciones o dificultar sus trámites; las cúpulas de las iglesias católica y evangélica; los militares y policías que fácilmente se olvidan de su función y la subordinan a los intereses personales e institucionales; los viejos políticos acostumbrados a negociar arreglos bajo la mesa y a lograr canonjías, ayudas gubernamentales y tratos especiales, disfrazados de “pactos” para asegurar la gobernabilidad del país.

En este contexto de país en veloz carrera hacia un Estado fallido; un Estado de Derecho notablemente disminuido y casi inexistente; una ciudadanía totalmente indefensa ante las instituciones; una política envilecida por la corrupción; una larga fila de líderes, conductores, funcionarios e instituciones beneficiarias de la corrupción en perfecto alineamiento oficial; un sector de cómplices por interés o ignorancia; pero una ciudadanía harta del cinismo, de la manipulación, de la corrupción y de los excesos dictatoriales que sale a las calles indignada y desafiante a reclamar su triunfo y la salida de todos aquellos que han envilecido la política y la vida cotidiana.

Desde adentro y desde el exterior, los interesados hacen sus lecturas, hacen sus apuestas y se juegan la tranquilidad de este país en función de sus intereses: los líderes corruptos apuestan por el triunfo de un corrupto igual a ellos, celebrando el éxito de prácticas que ellos pueden repetir en sus países; los observadores quedan atrapados en el formalismo procedimental y esperan la resolución del cuestionado por ineficiente y parcializado Tribunal Supremo Electoral para hacer la llamada esperada y el abrazo cómplice al amigo y socio; algunos comunicadores y periodistas creyentes de la democracia electoral expresan su incredulidad y su cuestionamiento al circo montado por un presidente que se resiste a dejar los privilegios asociados al poder y a la corrupción, y terminan riéndose de su desfachatez y el cinismo; los países cercanos y lejanos, que saben del avance avasallador de la corrupción del actual gobernante y del inmenso fraude que ha orquestado, miden los alcances y el impacto de reconocer a alguien tan cuestionado y señalado pero que es un “amigo incondicional”, un luchador “por la libertad” y un socio fiel y servil a toda prueba.

La situación está planteada y la maniobra quedó expuesta: todo el proceso electoral está contaminado, huele a corrupción, a cinismo y al más profundo irrespeto a la voluntad ciudadana expresada en las urnas. Hechores y consentidores se opondrán a que se realice un recuento total porque saben que quedará en evidencia el fraude; que el presidente no logró el triunfo a pesar de la compra de votos y de representantes; que se manipularon los resultados a nivel presidencial pero también a nivel legislativo y municipal. Y hay dos candidatos: el que ganó con los votos y el que quiere ganar con el fraude; el que promueve un ataque frontal a la corrupción y el que asegura su continuidad; el que abre las puertas para el adecentamiento de la política y de la realización de elecciones transparentes; el político novato, ajeno y distante de las prácticas políticas manipuladoras y el político experimentado, lleno de prácticas tradicionales de hacer política sucia; el que se muestra con cierta ingenuidad y hasta con desconocimiento de las formalidades para tratar los temas políticos, y el que se vende como un socio fiel e incondicional hacia afuera, como un zorro pero también como un gran manipulador.

Y ahí están los dos finalistas, podemos estar a favor de uno o de otro; podemos simpatizar más con uno que con otro e inclusive podemos estar en contra de los dos. Pero la ciudadanía expresó su voluntad con el voto y en una democracia electoral, los resultados se respetan: hacer valer eso es una responsabilidad nuestra, de todos, pero sobre todo de los que somos capaces de indignarnos ante el cinismo, la desfachatez, la corrupción extrema y el envilecimiento más extremo de la política. Se abre la esperanza de mejorar las cosas para nuestro país y todos debemos confiar en que esta tendencia es mayor que la amenaza de hundirnos más en la inmundicia y la abyección. El resto, como dijo el poeta, 2el resto es selva”….

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