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Techo Honduras reclutadora de incautos

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Techo Honduras reclutadora de incautos

La responsabilidad social empresaria es tan fácil de criticar como decirle a la cajera “no, no quiero donar mi vuelto”. Pero detrás de la fachada de filantropía y marketing hay un universo más complejo: alguien que no tenía nada ahora tiene algo. ¿Qué es eso? ¿Una impostura que emociona al que la recibe y al que la da? Techo Honduras es el tutorial global para fabricar un parche agujereado. Sin embargo, parece que no suma cero.

Fresitas de clase media haciendo casas de mierda. ¿Será que podemos decirlo así? Veamos: lo que construye Techo Honduras en algunos de los dieciocho departamentos de Honduras y 19 países de Latinoamérica es un rectángulo de madera de pino apenitas más ancho que un container puerto–, sin aislante térmico en las paredes ni en el piso, sin electricidad, sin baño, sin cocina.

Con ustedes la primera trampa de Techo, la semántica: decir “techo” queriendo decir, remitiendo, implicando, equivaliendo a, dos puntos, vivienda, hogar, calorcito, dignidad, alimento, derecho, la vida con casa propia. Como si de verdad Techo (techo) fuera una casa.

Hay, entonces, una cosa presunta –a la que da igual si llamamos “trampa semárketing 2.0”, “discurso magnético” o “mantra naif”– detrás de la cual hay un caudal de chavos de entre 18 y 30 años, estudiantes de universidades privadas y públicas, todos bienintencionados y convencidos: “Buscamos eliminar la pobreza en Honduras”.

Eso dicen, repiten, los voluntarios hondureños que se levantan los sábados a la mañana para poner el cuerpo, ir y construir en los asentamientos de todo el territorio nacional casuchas de madera sin servicios básicos a las familias mas pobres de nuestro país.

Son los que sin saber decidieron trabajar en Techo Honduras, una ONG financiada por grandes multinacionales donde nunca les hablarán sobre las causas estructurales de la pobreza diciéndoles “No buscamos culpables, nosotros hacemos”. A cambio les enseñan a clavar maderas y parchar el sistema, sin preguntar por qué.

Don Alberto, un vecino de uno de los barrios más pobres de la ciudad capital a unos 20 minutos de donde se construye el monstruoso Centro Cívico Gubernamental está a punto de entrar por primera vez al lugar en donde vivirá con sus cuatro hijos, su mujer y sus dos nietos, no tiene quejas, por qué las tendría. Alberto es evangelista, y no está pensando en qué le corresponde al Estado y qué no, ni le interesa descubrir los signos ocultos de violencia simbólica o definir si esto califica como caridad, como asistencialismo, o como qué.

Alberto, que hasta hace segundos vivía bajo laminas podridas, entre retazos de pallets unidos por algo que debía ser fe y sobre un piso de tierra, está llorando. Está llorando mucho y sabe que si llora apenas un poquito más, ya no podrá hablar. Entonces los jóvenes le controlan, porque quiere decir algo, de corazón: “Muchas gracias y que Dios les bendiga”.

Pausa a todo. Zoom en Alberto. Como si se tratase de un libreto cinematográfico: Miles de Alberto le agradecen a los jóvenes a las empresas que les patrocinan por tener lo más parecido que jamás han tenido al derecho constitucional a la vivienda digna. Y todo gracias a que Techo Honduras tiene la fórmula para conectar a los que no tienen nada con los que lo tienen todo y hacerlo lucir lo suficientemente atractivo como para que, cientos de jovenes hondureños se inscriban para construir viviendas de emergencia.

Una vez más, la empresa privada, los culpables de la desigualdad, de la pobreza por monopolizar toda la generación de riqueza en Honduras tienen el mejor disfraz de la fiesta para decirnos a todos: ¡Charaaán! ¿Ven? Podemos hacer negocios y, a la vez, ser socialmente responsables engañando incautos que nos regalan trabajo gratis.

Políticamente incorrectos Libertad Digital nace para denunciar los abusos, la corrupción y atropellos de los gobiernos de turno en Honduras y América Latina.

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