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Angélica, soberana del Río Mezapa

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Angélica, soberana del Río Mezapa

Angélica Recinos es una mujer joven. Al

verla, mientras conversa se le escapa una sonrisa tímida. De pie a un costado de su casa, cuenta con total soltura cómo ha crecido su compromiso con la defensa de los bienes naturales y particularmente del río que recorrió en su infancia y ahora está amenazado con desaparecer.

Angélica tiene 47 años, es una mujer delgada, de tez clara y rostro alargado. Siempre lleva su cabello negro recogido. Nació el 14 de junio de 1970, en Copán, en medio de un hogar de 8 hermanos, 3 mujeres y 5 varones. Su padre, Maximiliano Recinos y su madre, Audelia Calderón, decidieron salir de Copán para trasladarse a Pajuiles Bajo, en Tela donde lograron comprar unas tierritas para vivir tranquilos, trabajar lo propio y criar a sus hijos e hijas.

De su infancia, Angélica recuerda su gusto por las cosas poco “convencionales” para las niñas, ya que, disfrutaba jugando fútbol en la escuela junto a los otros niños y aprendió a defenderse con mucha bravura de las molestias provocadas por sus compañeros y compañeras de la escuela Visitación Padilla. Así transcurrió su infancia, y también su adolescencia, entre las calles tranquilas de ese rincón de Tela y las visitas al río Mezapa, lo cual rememora con mucho agrado. En su adolescencia, sus padres fomentaron su fe y participación activa en la iglesia católica, donde inició a comprender que debía participar en la vida de su comunidad.

Su último año de bachillerato en el Instituto Juan Lindo, caminó junto a Óscar Martínez, quien más adelante le confesaría su amor con una frase seria y contundente: “quiero casarme con usted”, pero los tiempos eran adversos para pensar en esas cosas para Angélica, por lo que el amor se postergó.

Más tarde, Angélica se convirtió en maestra, junto a Óscar, quien era ya su compañero y padre de sus hijos e hija. La vida no era fácil, por lo que ambos decidieron laborar como maestros PROHECO, pero las condiciones económicas empeoraron cada vez más, sumado a la precariedad en la cual tocó asumir su labor. Junto a su familia decidieron regresar a Pajuiles Bajo, entre labores de casa, venta de ropa, toma de fotografías, y el servicio activo y comprometido con la iglesia transcurría la vida en esta nueva etapa, todo a fin de sobrevivir honestamente y poder heredar a sus hijos e hijas, una formación que les permitiera ser ciudadanos y ciudadanas de provecho para el país.

Pero, para ese momento, Angélica ya había empezado a escuchar rumores de que el río Mezapa había sido concesionado y que una empresa instalaría un proyecto. Escuchó de alguna gente que buscaba organizarse para defender el río, pero no creían mucho que eso fuera cierto. Entre sonrisas cuenta que se cuestionaba a sí misma: “¿Quién va a querer llevarse un río?, ¿para qué un proyecto aquí?”, y todo eso siguió igual, hasta que un día, ¡todo era cierto!, el agua era más bien lodo y ante la alarma, al llegar al río, las máquinas de la empresa estaban trabajando. Supo también que su esposo, Óscar, delegado de la palabra, estaba defendiendo activamente el río y que se llevaría a cabo una movilización importante en la zona. Ese mismo día, la comunidad decidió instalarse en un campamento en defensa del río. Angélica recuerda que improvisaron una hornilla y ella tomó iniciativa en cocinar un poco de frijoles y otras cosas para compartir con las personas de la comunidad y de las comunidades vecinas.

Desde entonces, así transcurrieron los días, entre asambleas, coordinar la atención y alimentación y participar en las decisiones del curso del campamento. Angélica nunca imaginó que esa pequeña acción en la que decidió participar se convertiría en una lucha frontal en defensa de su río y en contra del modelo extractivo. Sonriendo, cuenta que un día, le preguntó a Óscar hasta cuándo estarían instalados en el campamento, la respuesta se la dio ella misma finalmente y con un cambio notorio en su semblante, susurró: “Hasta que la empresa deje de dañar nuestro río”.

Mientras sirve café y en medio de la lluvia que a ratos está cayendo sobre Pajuiles, Angélica afirma que la lucha le ha dado mucho, “he aprendido muchas cosas, he conocido gente que jamás pensé conocer y sobre todo, he ganado grandes amigas como Lupe y Albertina y todas mis vecinas”. Con su mirada dulce cuenta que su lucha por el agua es porque ella desea que sus hijos e hija también tengan acceso a su río.

Angélica dice que no tiene miedo, que ha sido acusada injustamente por un delito que no cometió y ha sido puesta ante un juzgado únicamente por defender el agua. Pero sonríe y afirma que lejos de tener miedo, por el contrario, la situación le ha dado más fuerza para seguir defendiendo el agua y que seguirá luchando hasta el final. Antes de finalizar la conversación, y luego de preguntarle qué quisiera decirle a la gente, con sus manos juntas sobre sus piernas, y con su expresión segura dice: “que se unan a esta lucha, que no tengan miedo, defender el agua es tarea de todos, de todas, no hay nada que perder, en cambio, tenemos todo por ganar”. Angélica confiesa creer firmemente que defender el agua NO es un delito y así abre y cierra sus días, siendo su propia vida una bofetada a la indiferencia y a los intereses egoístas de un sistema económico insostenible, que saquea nuestros pueblos y comunidades.

Angélica, aún en medio de su entorno altamente tradicional, rompe los esquemas y asume cada día la multiplicidad de labores, sobre poniendo su fuerza y determinación en cada uno de los roles que asume y es desde la madre, esposa, vecina, amiga, compañera, hasta la mujer referente de la lucha inclaudicable por la defensa del agua. Así lo deja ver, con su sonrisa, cuando dice: “voy a luchar hasta el final, no tengo miedo.”

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